“—Cuando alguien te invite a una fiesta de bodas, no te sientes en el lugar de honor, no sea que haya algún invitado más distinguido que tú. Si es así, el que los invitó a los dos vendrá y te dirá: “Cédele tu asiento a este hombre.” Entonces, avergonzado, tendrás que ocupar el último asiento. Más bien, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó, te diga: “Amigo, pasa más adelante a un lugar mejor.” Así recibirás honor en presencia de todos los demás invitados. Todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.
También dijo Jesús al que lo había invitado: —Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos, a su vez, te inviten y así seas recompensado. Más bien, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los inválidos, a los cojos y a los ciegos. Entonces serás *dichoso, pues aunque ellos no tienen con qué recompensarte, serás recompensado en la resurrección de los justos.
Al oír esto, uno de los que estaban sentados a la mesa con Jesús le dijo: —¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!
Jesús le contestó: —Cierto hombre preparó un gran banquete e invitó a muchas personas. A la hora del banquete mandó a su siervo a decirles a los invitados: “Vengan, porque ya todo está listo.” Pero todos, sin excepción, comenzaron a disculparse. El primero le dijo: “Acabo de comprar un terreno y tengo que ir a verlo. Te ruego que me disculpes.” Otro adujo: “Acabo de comprar cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas. Te ruego que me disculpes.” Otro alegó: “Acabo de casarme y por eso no puedo ir.” El siervo regresó y le informó de esto a su señor. Entonces el dueño de la casa se enojó y le mandó a su siervo: “Sal de prisa por las plazas y los callejones del pueblo, y trae acá a los pobres, a los inválidos, a los cojos y a los ciegos.” “Señor —le dijo luego el siervo—, ya hice lo que usted me mandó, pero todavía hay lugar.” Entonces el señor le respondió: “Ve por los caminos y las veredas, y oblígalos a entrar para que se llene mi casa. Les digo que ninguno de aquellos invitados disfrutará de mi banquete.””
(Luke 14,8–24 NVI)
Hay personas en la vida a las que puedes amar…y hay personas a las que puedes ignorar.
Pero con Jesús eso no funciona. Con Jesús no hay término medio.
Puedes amarlo o rechazarlo, pero no puedes ignorarlo.
Jesús nunca pasa desapercibido.
Cuando Él habla, siempre hay algo que nos confronta, algo que nos consuela y algo que nos revela, una verdad más profunda de la que esperábamos.
Y eso es exactamente lo que ocurre en Lucas 14.
Jesús es invitado a comer en Shabat en la casa de un fariseo principal. No es una comida casual. No es una comida entre amigos. Es una comida cargada de tensión.
Dice el texto que le estaban observando atentamente.
Jesús lo sabe. Y aun así, no suaviza su mensaje.
Jesús tiene una relación muy particular con la gente religiosa.
No porque la religión sea mala en sí misma, sino porque fácilmente sustituye la relación viva con Dios por normas, costumbres y apariencias.
Jesús constantemente empuja los límites de lo que la religión tolera.
- Sana en sábado.
- Perdona pecados.
- Come con pecadores.
- Y cuenta historias que incomodan.
Si Jesús nunca te incomoda, quizás no estás escuchando al Jesús de los evangelios.
Quizás estamos escuchando una versión domesticada. Un Jesús que no confronta, no exige y no incomoda, no es Jesus. Recordemos dos verdades fundamentales antes de seguir:
- Jesús es Señor del sábado.
- Sus palabras son Espíritu y Vida.
Y en esta historia, Jesús nos habla del Reino de Dios mediante un banquete.
Hoy quiero mirar este texto desde tres ángulos:
- La invitación VIP
- Las excusas
- La invitación abierta a todos
La invitación VIP — (very important person, pero en español sería PMI: ¡suena como un grupo guerrillero!)
Jesús, el verdadero VIP, está sentado a la mesa.
Él es el invitado especial… pero se comporta como el anfitrión espiritual. Y de repente, se dirige directamente al dueño de la casa y le dice algo radical:
“Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos, a su vez, te inviten y así seas recompensado. Más bien, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los inválidos, a los cojos y a los ciegos. Entonces serás *dichoso, pues aunque ellos no tienen con qué recompensarte, serás recompensado en la resurrección de los justos.“
Eso ya incomoda.
Porque Jesús no está diciendo algo moralmente incorrecto. Está cuestionando la motivación del corazón.
Jesús continúa:
“Invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos…”
Hoy estas palabras ya no nos desafían, pero en el contexto de aquella cultura eran escandalosas. Estas personas no solo eran pobres. Eran consideradas impuras. Excluidas del sistema religioso.
Marginadas socialmente. No encajaban. No sumaban prestigio. No devolvían favores.
Jesús dice algo muy claro:
Si invitas solo a quienes pueden devolverte la invitación, ya has recibido tu recompensa.
Eso no es gracia.
Eso es intercambio.
Pero invitar a quien no puede devolverte nada…eso es Reino de Dios.
Aquí Jesús redefine el concepto de recompensa.
La recompensa del Reino no es inmediata.
No es visible.
No es terrenal.
Jesús dice:
“Serás recompensado en la resurrección de los justos”.
¿Y qué quiere decir con esto?
Jesús está apuntando al centro del Evangelio.
La mayor deuda del ser humano no es económica. No es emocional.
Es espiritual.
Y la mayor deuda es la muerte.
Todos pagaríamos nuestros pecados con la muerte… Pero Jesús paga esa deuda con su propia vida.
Y al resucitar, inaugura una nueva realidad:
“Vida eterna, restauración, libertad total.”
Seguir a Jesús cambia nuestra manera de ver a las personas.
Ya no vemos “casos perdidos”.
Vemos personas con dignidad, valor y esperanza.
El Reino de Dios no se construye desde arriba hacia abajo, sino desde los márgenes hacia el centro.
Las excusas
En ese momento, alguien en la mesa dice algo que suena muy espiritual:
“¡Bienaventurado el que coma pan en el Reino de Dios!”
¡Buena frase!Buena teología.
Pero Jesús no se conforma con palabras bonitas.
Así que cuenta una parábola.
Un hombre prepara un gran banquete. Todo está listo. La invitación ya había sido enviada. Pero cuando llega el momento… Todos empiezan a excusarse.
Y aquí está lo más importante: ninguna excusa es mala.
Un campo.
Un trabajo.
Una Mujer.
Todo es legítimo.
Todo es comprensible.
Y ahí está el peligro. No rechazamos a Jesús por cosas malas.
Lo rechazamos por cosas buenas que ocupan su lugar.
Este es uno de los mayores problemas de la iglesia contemporánea:
No es el pecado escandaloso…es la falta de compromiso profundo con el Evangelio.
Jesús no es rechazado violentamente.
Es postergado educadamente.
“Ahora no, Señor.”
“Más adelante.”
“Cuando tenga más tiempo.”
“Cuando esté más tranquilo.”
El problema no es lo que tienes.
El problema es lo que ocupa el primer lugar.
Cuando algo —aunque sea bueno— se pone por encima de Cristo, el corazón se desordena.
La invitación abierta a todos
Cuando el siervo informa de que los invitados importantes no vienen, el dueño de la casa se enfada…pero no cancela el banquete.
Esto es clave.
Dios no cancela su plan porque algunos digan que no.
El banquete sigue.
Y entonces manda traer a los pobres, los ciegos, los cojos y los lisiados.
Y aun así… queda sitio.
Entonces dice algo sorprendente:
“Sal a los caminos y a las afueras, y obliga a entrar a la gente, para que mi casa se llene”.
Durante años pensé que este siervo era solo un personaje más.
Pero cada vez estoy más convencido de que el siervo es Jesús.
Él es el enviado.
Él es quien sale a buscar.
Él es quien trae a los rotos, a los cansados, a los pecadores.
Jesús mismo dijo:
“No he venido a llamar a los sanos, sino a los enfermos”.
Esta historia no trata solo de un banquete.
Trata de Jesús.
Aceptar a Jesús es aceptar la invitación.
Arrepentirse y creer es sentarse a la mesa con Dios.
Solo Dios puede preparar una mesa delante de nuestros enemigos.
Y lo hace por medio de su Hijo.
El Evangelio es para todos.
Para el que sabe que está roto.
Y también para el que cree que está bien.
El banquete está preparado.
La invitación está abierta.
Todavía hay sitio.
La pregunta no es si estás invitado.
La pregunta es: ¿qué harás con la invitación?

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