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Arraigados en Cristo: La Lucha Espiritual y la Verdad

Arraigados en Cristo

«Quiero que sepáis cuánto estoy luchando por vosotros, por los de Laodicea y por todos los que no me han conocido en persona. Quiero que vuestros corazones sean animados y unidos en amor, para que alcancéis toda la riqueza de un entendimiento pleno y lleguéis a conocer el misterio de Dios: Cristo. En él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.

Os digo esto para que nadie os engañe con argumentos que parecen convincentes. Aunque no estoy con vosotros físicamente, sí lo estoy en espíritu, y me alegra ver lo firmes y ordenados que estáis, y la fuerza de vuestra fe en Cristo.

Así que, tal como recibisteis a Cristo Jesús como Señor, seguid viviendo en él: arraigados y edificados en él, firmes en la fe tal como se os enseñó, y rebosando de gratitud.»
(Colosenses 2:1–7)

En medio de esta reflexión, surgen preguntas que muchos, en algún momento, nos hemos hecho: ¿qué hay de la fe que profesamos en Cristo? ¿Es realmente verdad el mensaje del Evangelio? ¿Qué es la verdad?

Vivimos en un tiempo en el que las llamadas “noticias falsas” —“Fake News”— abundan y en el que la verdad parece moldearse según la percepción individual. Si algo no encaja con lo que pensamos o sentimos, se descarta como falso. Este ambiente resulta familiar, pero no es algo nuevo.

Desde el comienzo, cuando el mensaje de Jesucristo se anunció como Buenas Noticias, la Iglesia ha tenido que enfrentarse a enseñanzas falsas. La iglesia de Colosas no fue la excepción. Estaba siendo influenciada por múltiples ideas que cuestionaban quién era realmente Cristo, poniendo en duda su supremacía como Dios y como hombre.

Esta iglesia no había sido fundada directamente por Pablo, sino por Epafras, un siervo fiel que había hecho una gran labor. Era una comunidad que conocía el amor en el Espíritu: amaban a Dios, a los hermanos y también al mundo. El Evangelio estaba dando fruto a través de ellos. Y aunque Pablo no estaba físicamente presente, su compromiso con ellos era profundo. Por eso oraba constantemente para que crecieran en conocimiento, sabiduría y fortaleza, pero sobre todo, para que Cristo fuera el centro de sus vidas.

En su mensaje, Pablo hace tres cosas fundamentales. Primero, presenta a Cristo en toda su grandeza: supremo, creador, rey y cabeza de la iglesia, en quien habita toda la plenitud de Dios. Segundo, anima a los creyentes a permanecer firmes, arraigados y edificados en Él, viviendo la plenitud que ya les ha sido dada. Y tercero, advierte con claridad sobre el peligro de las falsas enseñanzas, recordando que pueden desviar incluso a quienes han creído.

Pero este mensaje no es solo para entenderlo, sino para vivirlo. Pablo lo resume de manera sencilla: así como hemos recibido a Cristo, debemos caminar en Él.

Desde ahí, se despliega una enseñanza muy personal.

Primero, la lucha. Pablo habla de su esfuerzo por la iglesia, describiéndolo como una batalla intensa. Y, sin embargo, su arma principal no es la presencia física, sino la oración. Aunque no está con ellos, lucha por ellos espiritualmente. La oración se convierte en una acción poderosa y real.
Luego, recordar lo que ya hemos recibido. Pablo les recuerda que en Cristo no les falta nada: tienen ánimo, unidad en amor, riqueza espiritual, entendimiento, sabiduría y conocimiento. Son ricos, aunque quizás no lo perciban así.

Y aquí surge una pregunta clave: ¿cómo nos vemos a nosotros mismos? Porque si no entendemos quiénes somos en Cristo, será fácil dejarnos engañar.

Finalmente, Pablo habla de estar arraigados. No se trata solo de creer, sino de vivir en una relación constante con Cristo: arraigados, edificados y firmes en la fe. Es una decisión diaria. Cristo ya ha hecho la obra: vivimos en Él, hemos sido perdonados, restaurados y asegurados para la eternidad. Pero permanecer en Él es una elección continua. Su Palabra, que es verdad, es lo que nos fortalece y nos mantiene firmes frente a cualquier engaño.

Al llevar esto a la vida diaria, surgen preguntas inevitables: ¿realmente creo que puedo cambiar? ¿Por qué me resisto al cambio, incluso cuando sé que es necesario? ¿Estoy verdaderamente arraigado en Cristo o simplemente ocupado con cosas espirituales?

Pablo concluye con una clave transformadora: vivir rebosando de gratitud. La gratitud cambia el corazón. Nos recuerda la gracia de Dios y nos abre al cambio. Un corazón agradecido está dispuesto; uno ingrato se endurece.
Así que la reflexión final queda abierta: ¿estoy profundamente arraigado en Cristo o solo ocupado? ¿Estoy siendo moldeado por la verdad o por la cultura? ¿Mi vida refleja gratitud o una sensación de derecho?
Porque, al final, las falsas verdades solo encuentran espacio cuando no estamos firmemente arraigados en Cristo.

Y ante todo esto, solo queda una respuesta: orar.


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