Amigos para siempre

La frase «Friends Are Friends Forever» («Los amigos son amigos para siempre») viene de una antigua canción de Michael W. Smith. La conozco bien; sonaba en cada cambio de tripulación a bordo del Logos II, con OM Ship Ministry. En aquel entonces, el compromiso de servir a bordo era de al menos un año, y a menudo de dos. Llegabas a conocer a muchas personas, y algunas se convertían en amigos para toda la vida. Me siento bendecido por tenerlas.

La amistad verdadera es una fuerza poderosa.

Hay amigos que están contigo toda la vida. Te conocen lo suficiente como para decirte verdades difíciles, y también son una fuente constante de amor.

La amistad cruza fronteras y culturas. Me siento bendecido por tener amigos de mi infancia, juventud y edad adulta, y de muchos lugares distintos.

Están contigo en las buenas y en las malas, cuando experimentas la mayor alegría y cuando atraviesas un dolor profundo. La amistad verdadera tiene algo incondicional.

Los amigos para toda la vida son difíciles de encontrar, pero cuando los encuentras, son un tesoro.

Mi hijo Keith fue sepultado el 26 de septiembre. Solo ahora, dos meses después, estoy empezando a comprender el impacto de aquel día. Hay muchas cosas que recordar, pero hay algo que no puedo —ni quiero— olvidar: la amistad que nos brindaron tanto las personas que conocíamos como quienes vinieron al velorio. Incluso los amigos de Keith se han convertido en nuestros amigos. Amigos que vinieron a vernos y se quedaron con nosotros. Viajaron desde lejos, trajeron muchísima comida y nos bendijeron con apretones de mano, abrazos, oraciones, hermosas tarjetas y silencios, dándonos espacio para respirar y el tiempo que necesitábamos.

En nuestro momento de mayor necesidad, estuvieron ahí. Y quienes no pudieron acompañarnos en persona nos enviaron mensajes o nos llamaron.

Estuvieron ahí. Siguen aquí.

A comienzos de octubre, el Logos Hope visitó Belfast y volví a encontrarme con un amigo a quien no veía desde 1995. ¡Cuánto tiempo! Bajó por la pasarela y nos abrazamos, tal como lo habíamos hecho cuando dejé el barco en Dublín, en la primavera de 1995. Se lo presenté a mis hijas y pasamos un momento maravilloso poniéndonos al día.

El sábado lo llevé a un partido local de fútbol de la Premiership, en el que jugaba el Cliftonville. Le presenté a otros amigos y, aunque perdimos el partido, disfrutamos de una tarde maravillosa juntos. Cuando llegó el momento de despedirnos, lo abracé sabiendo que quizá no volveríamos a vernos. Pero estoy seguro de que nuestra amistad continuará.

Hay amigos a quienes quizá no vuelvas a ver.

Pero, de vez en cuando, por algún acto de la divina providencia, recibes el regalo de un reencuentro y la oportunidad de abrazar una vez más a esos amigos y compañeros de curso que dejaste atrás al terminar la enseñanza secundaria.

Un sábado por la tarde salí rumbo a Viña del Mar. Julio, un amigo de mis años escolares, abrió las puertas de su casa y recibió a casi veinticinco de nosotros.

Fue una experiencia maravillosa. Hacía tanto tiempo que no veía a la mayoría —o quizá a ninguno— de ellos. Sin embargo, al estar con ellos, no pude evitar recordar lo jóvenes que fuimos. Ahora todos tenemos más de cincuenta años, y algunos se ven tal como los recuerdo.

La parrilla ya estaba en marcha: risas, recuerdos, cariño, conversaciones profundas y otras no tanto, y el amor de personas que crecieron juntas. Se sentía como una familia. Hacía tantos años que no veía a esta parte de mi familia. Algunos se ven a menudo, pero yo no.

La amistad es un poderoso lazo que nos une.

La amistad es amor, expresado maravillosamente en un beso en la mejilla. ¡Me había olvidado de eso! Un amiga me recordó que, pese a la distancia, la amistad perdura. Cuando me subí al auto, ella me ofreció la mejilla para que la besara! Cuando saludé a mis amigos de la escuela tendiéndoles la mano, me recordaron que abriera los brazos para abrazarlos… y me dieron un beso en la mejilla. Ese gesto tan personal y vulnerable me hizo sentir que no me habían olvidado, que me recibían con cariño.

También pude ver a otros amigos durante mi estadía; quería escuchar sus historias. Algunos son personas en quienes confío mis secretos, mis alegrías y mis dolores. El camino no ha terminado. ¡Todavía quiero reencontrarme con otros amigos a quienes no veo desde hace más de treinta años!

Estoy agradecido. Llegué a Chile hace casi un mes y ahora me preparo para irme y regresar a Irlanda. Si no fuera por mis amigos —quienes me abrieron sus hogares y me dieron un lugar donde quedarme, llorar y simplemente estar—, este viaje habría sido mucho más difícil.

«Hay amigos más unidos que un hermano». — Proverbios 18:24

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